martes, 25 de noviembre de 2008

Nicolle

Nicolle está en su cuarto, oigo sus pasos de tacón a través de este suelo de madera.
No es muy alta, la estatura perfecta. Mueve sus piernas mientras menea su culo, ilumina todo el lugar, me mira, ríe y cierras los ojos por dos segundos.
Yo salgo, cojo mi bastón, camino por todo el corredor, donde están los otros cuartos. Ellas ya bajaron, el lugar se encuentra vacío y un tono de nostalgia silva por las paredes.
Dos pisos más abajo ellas trabajan, atienden a los clientes y tres gorilas que contraté por sesenta mil la noche las cuidan, cuidan el lugar, sacan a los borrachos y sirven los tragos.
Nicolle se encarga de las llaves, es la más joven, pero es en la que más confío, cierra las puertas, recoge mi periódico y me trae la plata. No sé si me roba, intento no pensar en eso, a veces no me importa si me roban, me es suficiente con la plata que me traen, no tengo hijos ni mujer, no tengo nada, Nicolle no me pertenece, sólo me importa leer el periódico por las mañanas y oír los pasos de los tacones de Nicolle por todo el lugar.

Nicolle está lista para bajar a trabajar. Tiene una minifalda, justo hasta donde mi imaginación empieza. Sus piernas son torneadas, largas, son perfectas, usa tacones altos, una blusa corta, escote y ombligo, miel y deseo es el resto, su pelo largo y negro y unos ojos miel, que nadie más mira. Yo la miro desde mi mecedora, pongo el periódico en mis piernas, me pongo las gafas para mirarla bien, sus tacones retumban el piso, su culo se menea. La juventud quiere entrar a mi cuerpo, el temblor de mis manos se agudiza, siento vibraciones, las alas salen en mi espalda, deseo decirle que no baje, que esta noche se quede conmigo en mi cuarto, así yo ya no sea capaz de nada, sólo quiero que esté en mi cuarto y sentir sus largas piernas entre mis piernas, mientras tomo whisky, mientras ella me mira y cierra sus ojos.

Yo soy un viejo, un vividor, un hijueputa, como me quieran catalogar, no me importa, además me gustan que me digan hijueputa, me hace sentir que aún no soy olvidado, que aún quedan palabras para describirme. Uso bastón desde hace varios años, una pelea, cuando podía pelear. Un cuchillo me dejo así, en un pueblo donde la ley la escribíamos nosotros cada día, el cuchillo me atravesó todos los músculos, no me mató, me dejo cojo que es peor, no me cogió la femoral, me cogió las articulaciones que, es peor. Yo saqué mi revólver y mate a ese hijueputa, le pegué dos tiros, fui al hospital, me cocieron y me pusieron una venda, cogí mi plata, toda robada, toda la conseguí de mala manera, soy de una tierra donde robar es legal.

Tenía una mujer que decía que me amaba y que, quería un hijo mío, le dije que había matado al sobrino del patrón y que me iba del pueblo, no la quise traer conmigo, semanas después la mataron y a mi no me importó. Me fui a vivir a otro pueblo, muy lejos, compre una casa vieja de tres pisos y puse una cantina en la parte de abajo. Un día vinieron los empleados del patrón, no tuve tiempo de esconderme y me pegaron dos tiros, me dieron por muerto, pero no, sólo me dejaron inútil el resto de la vida. A mi sólo me va a matar el tiempo, el que nos mata a todos.

Me tocó cerrar la cantina y me quede sólo muriéndome, olvidado por todos, hasta que un día vino un desgraciado y me dijo que montara un putiadero que, acá en el pueblo no había, me vendió las mujeres. Pagué por siete mujeres diez millones, las escogí como escogiendo ganado, esta si, esta no, así es el negocio, Nicolle tenía 18 añitos y cara de niña inocente. Las monté en una camioneta y las traje. No les tenía que explicar nada, las baje acá en esta casucha, les dije que la que se volara la mandaba a matar que, conmigo no se juega, ellas no dijeron nada.

Nicolle se ganó mi confianza, se ganó mi cariño, pero nunca se lo dije y nunca se lo diré, estoy viejo ya, muy viejo para decir mis sentimientos. El día que por fin me muera todo esto le quedará a Nicolle.

Ese día entré al cuarto de Nicolle, ella no me había traído el periódico, abrí la puerta y estaba acostada con un tipo, acostada en este piso, donde yo vivo, donde ella vive, lo único que es sagrado en esta casa. En ese momento me dolió el corazón, sentí que amaba a Nicolle. Salí de ese cuarto saqué mi revólver del cajón, volví al cuarto de Nicolle y mate a ese desgraciado que dormía con ella. Todas las mujeres se levantaron, me miraron, Nicolle llorando y pálida, les dije que acá nadie dormía con ellas, que a mí me respetaban que yo no estaba pintado en la pared. Cerré la puerta de mi cuarto y me puse a tomar whisky. El que cuida el putiadero se encargó del cuerpo, no sé que haría, pero nunca se supo nada, tampoco me importó. De eso nunca se volvió a hablar.

Nadie nunca me ha dicho lo que tengo que hacer, nunca oigo a nadie, hago las cosas a mi manera y si quedan mal, mal se quedarán.

Traigo muchos años conmigo, muchas experiencias, dolor y alegría, nunca he tenido casa fija, nadie me llama ni me escribe, nadie me extraña. Nunca tuve amigos porque los amigos lo traicionan a uno, nunca tuve hijos porque los hijos se van y lo olvidan a uno, huyen como ladrones después de llevarse media vida que les dimos, las mujeres no me duraron, siempre fui desconfiado con las mujeres, las mujeres son volubles y no son fieles y son tan difícil de entender que a veces parecen estúpidas, nunca le ofrecí mi vida a una mujer, ni riquezas ni pobrezas, nada, las mujeres absorben y absorben y lloran y se quejan y son egoístas y esas lágrimas son falsas, pero tienen algo, algo que yo nunca entendí, ese algo que me atraía de ellas.

Nicolle tiene ese algo, lo tiene en su mirada y en sus piernas, nunca habla más de la cuenta y le ha dolido tanto la vida, como a mí, me ha llegado a doler, no sé si en su sangre corre esa maldad que corre en las mujeres o esa otra maldad, la que corre en mi sangre.

No beso a Nicolle porque ha besado muchas bocas, no se lo hago a Nicolle porque ya no soy capaz de hacerlo, la quiero acá, en este encierro, en mi cuarto, en mis pensamientos, en mi sangre, en ese whisky que me acompaña todos los días, la quiero en ese revólver que guardo en ese cajón, en ese ruido que hacen sus tacones, la quiero en ese momento en que cierra los ojos por dos segundos, la quiero cuando pasa meneando el culo, la quiero cuando me entrega la plata y el periódico con sus ojos rojos de tanta coca y de tanto trago, de semen derramado y de sudor lujurioso, la quiero mientras alguien más se lo hace, la quiero.

Nicolle una noche entró a mi cuarto, puso su cabeza en mi almohada, beso mis ojos, yo desperté, la miré, sonreí, me dijo que era la primera vez que me veía reír, no dije nada, ella me abrazo e intentó besar mi boca, yo se la rechacé, me miró de nuevo, no dijo nada, se paró de la cama, al cerrar la puerta me dijo: Los otros no me quitan la boca y además me pagan. Le grite gran puta. A la mañana siguiente subió mi periódico y mi plata.

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