martes, 25 de noviembre de 2008

COGIÓ PA’ EL NORTE

-Esta vez si te mato hijueputa, esta vez no me vas a ver la cara de cachón desgraciado, esta vez te mato hijueputa, esta vez si te mando pa’ el infierno hijueputa- Decía Juan, mientras, arrastraba un cuerpo por todo el potrero, cada vez que se detenía sacaba su machete y golpeaba al cuerpo ya sin vida que arrastraba, dejando un rastro de sangre por toda la senda.

-Acá te voy a enterrar hijueputa, acá en este guadual para que la brujas nunca te dejen en paz, hasta acá llegaste hijueputa, no me vas a volver a ver la cara de cachón nunca más hijueputa, acá en este guadual te quedas hijueputa- Decía Juan, mientras, enterraba el cuerpo de su rival.

Eran las seis de la tarde, un sol grande y rojo se postraba sobre la montaña. Por la senda bañada de sangre volvía Juan, del grande guadual, pisaba la sangre y escupía, se detenía y miraba el lindo atardecer, escupía de nuevo y limpiaba el sudor de su frente.

El viejo perro que esperaba en su casa ladraba y movía la cola, dándole la bienvenida a Juan, su único hijo salió al portal y corrió a abrazar a su padre que venía cansado, venía con sus ojos rojos y una mirada que quemaba todo el lugar, una rabia que llenaba todo el pueblo, todo ese llano grande que era lo único que Juan conocía.

-Hijo, quiero que esta noche vaya y pesque, aiá en el lago para que mañana desayunemos pescado- dijo Juan mientras se secaba el sudor de nuevo.
-Pero papá, está muy tarde y busté sabe que a mi ese lago me da miedo-
-Hijo llévese al pepe, ese no lo deja tirado y no deja que nada le pase mijo-
-Pero papá- dijo el hijo de Juan, mientras entendía que tenía que obedecer.

Juan se sentó al lado de la quebrada, sacó un viejo pañuelo roto que guardaba en su bolsillo trasero, sacó su machete y lo limpio, ya no miraba al cielo, sólo caminaba mirando al suelo y pateando todas las piedras que se le atravesaban en su camino. Fue por su lima y se dedicó a amolar el machete.
-Perdóname diosito, perdóname, pero esta me la quito de encima diosito-.
Juan se dirigió al cuarto donde dormía su mujer, abrió la puerta muy despacio, sin despertar a su mujer, sacó su machete y un veloz reflejo de la luna brillo por todo el metal, iluminó el cuarto y un crujido de huesos despertó al gato que dormía en la cama. La mujer no tuvo tiempo de gritar, todo pasó en segundos, todo terminó en segundos.

Juan enrolló a su mujer en las sabanas bañadas de sangre y se encaminó a la montaña donde antes se postraba un lindo atardecer.
-Así era mejor mi diosito, si me miraba o si hablaba no hubiera sido capaz, perdóname mi diosito, pero lo tenía que hacer-

Al volver a la casa el único que lo esperaba era el viejo pepe, que ladraba y movía su cola, Juan lo acarició, mientras, las lágrimas invadían su rostro, las manos le temblaban y su voz entre cortada dijo: así….. se tenía que hacer….. pepe…

Entró al cuarto de su hijo, y vio dos pescados al lado de su cama, los cogió y los colgó en un alambre que había en su cocina.
Fue a su cuarto se quito sus botas de caucho, se puso su mejor sombrero y caminó hacia el pueblo. Se sentó en la cantina de siempre, donde cada domingo se bebía algo de su sueldo de jornalero. Ya no lloraba más.

-Qué lo trae hoy por acá Juan?- dijo el mesero con una pequeña sonrisa.
-Tráigame una botella de aguardiente que vengo de una despedida y estoy como triste-
-Claro Juan, pero usted sabe que yo no recibo vales-
-Que vales, yo le pago todo lo que me tome esta noche-

El mesero llegó con la botella de aguardiente. Juan era el único cliente que había esa noche, ni siquiera las coperas estaban. Sonaba una música muy vieja y triste, el mesero se sentó con Juan en la mesa, pero Juan sólo miraba al suelo y bebía copa tras copa, se quería emborrachar rápido, quería olvidar rápido.

-Y eso Juan, despedida de quien?-
-De mi mujer Pedrito, cogió pa’ el norte, pero antes de irse le perdoné todos sus pecados y los hice míos Pedrito, cogió pa’ el norte-.

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