A Conchita
Él se levantó, no sabía si era la mañana o la tarde. La luz del sol nunca entraba a su apartamento. Miró un paquete de cigarrillos vacíos, lo cual generó una queja. Fue a la cocina, sólo había platos sucios y un par de moscas que volaban en círculos sobre todo el lugar.
Mirando la basura sacó una colilla que había en medio de todo, la más grande de todas y la prendió mientras se sentaba en el piso frío.
Se miró en el espejo, una barba de veinte días o un mes era lo que más sobresalía en su rostro. El pelo con la grasa acumulada de varios días sin jabón, un ojo más rojo que el otro. Sólo sus dientes blancos parecían darle vida a ese resto de hombre que se reflejaba.
Pensó: Al fin y al cabo un cadáver es un resto de demasiados despertares, como decía Pavese, que importa como luzco si para nadie luzco.
Un apartamento diminuto que lucía grande ante tanta ausencia que le daba entrada libre al frío. Para que prender el televisor si todo es mentira, para que salir a la calle si todo seguiría siendo mentira, para que mirar a unos ojos que han aprendido a mentir, para que vivir si no era algo especial. Él sólo esperaba pero de tanto esperar, ya había olvidado porque esperaba. No era la muerte, pues suele ser una entrometida, no era riqueza, pues no es más que pobreza y no era pobreza que, sólo es pobreza.
Miró su reloj que desde hacía mucho tiempo marcaba la misma hora; las once, sin un am sin un pm, sólo las once. Que importaba noche o día, mañana o tarde, todo era igual, las cortinas cerradas, los focos fundidos, las ventanas manchadas y empañadas. Sólo eran las once, de que día no viene a esta historia.
Después de varias horas sentado, fue hacia el teléfono, marcó el único número que recordaba.
-Hola, la verdad quería hablar hace días contigo… ¿Cómo estás? Yo estoy ahora mejor que la última vez, no sé si te importe, pero tú sabes que sólo me gusta hablar de mí. He estado tan ausente porque aún sigo dedicado en mi proyecto, ese del que tantas veces te hablé, de contar todas esas historias que han ocurrido, quizás la tuya y la mía si es que tú lo permites… Si he comido bien, y la salud va bien hasta ahora, sólo la toz que me entra en el primer cigarrillo en la mañana y varias replicas en el resto del día, pero de ahí no pasa.
Tu sabes, siempre te lo he dicho en el futuro todo tendrá cura, seremos Matusalénicos… Si no, mm, pues sino la muerte tendrá mucho para escoger y tu sabes que tener ochenta años no me inspira y a la vez no vivirlos me da miedo… Si sé que estas ocupada, siempre escojo un mal momento para llamar, si, un mal momento para todo, para hablar, para estar, y si no, yo lo vuelvo un mal momento… Tu sabes es mi defecto, me pongo hablar de tantas cosas y nunca hablo de nada, le doy muchos rodeos a todo, sólo quería decirte que te extraño y aún te quiero, no me digas tu nada, si me quieres o si me extrañas, sólo quiero que sepas lo que siento, adiós, adiós.-
Tiro el teléfono al suelo riendo levemente y diciendo: Algún día lo pagare.
Volvió al espejo mientras intentaba organizar su pelo. Miró una máquina de afeitar que estaba encima del retrete. El amarillo en las cuchillas lo hizo posponer su afeitada. Cepilló sus dientes, abrió la puerta y se dirigió a la calle.
Saludó al portero y pregunto por papeles nuevos mientras ojeaba el periódico que siempre había allí.
-Hace frío hoy- Dijo mientras miraba la parte donde salían los muertos en las páginas sociales. - Nadie conocido- El portero lo miró de arriba abajo: -Hoy estuvo el administrador, lo estuve llamando por el citófono, ya debe cuatro meses de administración. –Sí, precisamente voy al banco a pagar y cobrar lo del sueldo, no tenés un cigarrillo por ahí?-.
Fue al supermercado, compro su paquete de cigarrillos, algo para tomar, algo para comer, una revista para leer, renegó de los libros que habían al lado de la registradora: Si yo tuviera que escribir no engañaría a la gente ni me engañaría, ver florecer la flor da más testimonio de Dios que todo el sermón del cura al igual que en la risa del niño no se ve la vida.
Se dirigió a la banca del parque, fumó un cigarrillo viendo a unos niños jugar fútbol, una tímida lágrima intentó bajar de sus ojos, pero pensó que era una causa perdida, como lo es el pasado.
Todo el camino hasta la casa se fue mirando al suelo, solo levantaba la cabeza para ver los carros al cruzar la calle.
-José ahí pague la administración, para que le diga mañana al administrador, vea le devuelvo el cigarrillo-
Subió a su apartamento y se acostó en la cama y durante una hora solo pensó: Sé que olvidé algo, sé que olvidé algo, sé que olvidé algo-.
jueves, 25 de septiembre de 2008
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